The Noom Square

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Cartago: sacrificio, conquista, esplendor y derrota

“Los cartagineses experimentaban como una especie de necesidad de volver contra otros el exceso de furor que no habían podido emplear contra sí mismos. Tal sacrificio no debía ser inútil, aunque no tuviesen ningún remordimiento, se hallaban poseídos de ese frenesí que da la complicidad en crímenes irreparables.” Salambó, Gustave Flaubert

Cartago para nosotros, los flojos post modernos del siglo XXI, puede representar dos cosas. Para los amantes de la historia o para los nerds patológicos, es un imperio antiguo que supo lidiar con otros candidatos al premio al CMGA (“Conquistador más grande de la antigüedad”) con un largo trayecto recorrido en el que pasó a ser uno de los que ganaban o perdían con cualquiera, hasta el pene más grande del condado. Pero también es un escudo de bronce pulimentado que nos devuelve un reflejo imperfecto de nosotros mismos.

Pichones de conquistadores

La leyenda[1] dice que se fundó en el año 814 a.C. como una colonia de exiliados de la ciudad fenicia de Tiro, quienes cruzaron el mar mediterráneo desde el este hasta África, en el punto más cercano a Italia que tiene el continente. Su primera reina fue Dido -sí, como la cantante- y fundó Cartago huyendo de su hermano quien había asesinado a su marido. Actualmente se duda de si ella realmente existió y no es en realidad considerada una diosa por los mismos cartagineses al pergeñar su mito fundacional. Verdadera o no, no se destacaba por la elocuencia: Cartago significa “nueva ciudad”.

De hecho, hasta no probar lo opuesto, son la misma persona.

El primer escollo en su camino al título de la CMGA fueron los griegos de Siracusa. Para no aburrirse extendieron su guerra en tres partes durante más de 300 años entre el siglo VI y el IV a.C. Ya liderados por Aníbales y Amílcares pero Magón[2], los cartagineses se compitieron con los griegos por el control marítimo.

Piña va, piña viene, Cartago logró apoderarse del sur de Sicilia. Su posición estratégica, cercana a Italia y a la península ibérica, convirtió a Cartago en centro de confluencia de las principales rutas mercantiles marítimas. Luego de la conquista de otro candidato al CMGA, Alejandro Magno, de Tiro en el siglo IV a.C., Cartago no solo dejó de pagarle tributo a esa ciudad sino que también se impuso sobre las otras colonias fenicias de África, lo que le dio un poderío inmenso.

Este poderío se topó con otro pichón de Imperio, Roma, con quien entabló otras tres guerras. Al momento de librarse la primera, el imperio cartaginés ya abarcaba todo el norte de África, el sur de la península ibérica, y las islas del Mediterráneo. Liderados por Amílcar pero Barca, el conflicto inició con el avance romano sobre Sicilia. Tras 20 años de combates, los romanos lograron imponerse en el mar[3], cortar los refuerzos desde Cartago y Amílcar tuvo que claudicar ante los romanos.

Pánico y locura en Cartago

El período entre la primer y segunda guerra de Cartago, llevó a la ciudad a tocar fondo. Su orgullo, reflejado en su magnífico puerto, en los sus lujosos edificios y en su población desacostumbrada a vivir en tierra propia los males de una guerra que siempre se había dado allá lejos cruzando el mar, se vio amenazado tras la derrota con los romanos.

La ciudad no solo perdió influencia en el mar mediterráneo, también tuvo que compensar a Roma con un tributo y lidiar con el enorme ejército de mercenarios que había reclutado a lo largo de la guerra. Motivados por la ausencia de su anterior líder, Amílcar, quien había renunciado al liderazgo del ejército y se había refugiado en Marsala, y la propia impericia de Cartago de comandar a los mercenarios gracias al boicot de la aristocracia local que dudaba de las intenciones de estos[4], los mercenarios decidieron viajar hacia el sur, ocupar Túnez y sumar el apoyo de otras ciudades que despreciaban a los cartagineses.

El transcurso de la guerra pone a prueba la entereza del pueblo cartaginés. Según narra Polibio[5], en medio del asedio mercenario de la ladera sur de Cartago, se realizó en la ciudad el sacrificio de todos los hijos primigenios varones en favor de Moloch (otro de los Baales principales, el del fuego).

Para escribir Salambó, Gustave Flaubert realizó una investigación minuciosa que incluyó una larga estadía en Turquía para poder otorgarle a su relato el mayor nivel de veracidad histórica posible. Claro que a las fuentes originales les añadió su talento narrativo del que nos aprovechamos para describir la dimensión de tal evento:

“Poco a poco fue entrando la gente hasta el fondo de las avenidas, lanzaban a la llama perlas, vasos de oro, copas, antorchas, todas sus riquezas; las ofrendas iban siendo cada vez más espléndidas y numerosas. Por fin, un hombre que se tambaleaba, un hombre pálido y lleno de terror, arrojó un niño; luego se vio entre las manos del coloso una pequeña masa negra, y se hundió en la gran abertura tenebrosa. Los sacerdotes se inclinaron al borde de la gran losa, y un nuevo cántico estalló, celebrando las alegrías de la muerte y los renacimientos de la eternidad.”

El relato continúa con la descripción de cómo quemaron en una gran hoguera un sinnúmero de niños. El sacrificio duró una noche entera. Tal evento dejó horrorizados a todos los mercenarios, un ejército compuesto por personas de diferentes culturas y etnias: galos, griegos, africanos y bárbaros con costumbres y filosofía dispar.

Con tino, Flaubert escoge a Cartago como escenario para hacer su propia increpación a la burguesía de la Francia del Segundo Imperio. La sociedad había aceptado mansamente la opresión estatal mientras el imperio se expandía por África.

Cartago es ejemplo de los sacrificios, no siempre tan literales, a los que es capaz de someterse una sociedad en pos de mantener su supremacía. No son pocas las veces en las que es el llamado a la patria, al deber, lo que motiva a los ciudadanos cartagineses a su accionar. Ya casi vencido el ejército mercenario, tras la batalla del Desfiladero del Hacha[6], fue el propio pueblo cartaginés, las mujeres, ancianos y niños que no habían podido sumarse a la guerra los que ultimaron a los pocos bárbaros que se resistían a la derrota.

El destino de los mercenarios fue funesto, entre 40 y 50 mil perecieron encerrados en el Desfiladero del Hacha hacinados y ejecutados. El resto pereció en batalla o se sumó a las filas de Amílcar. La ejecución del líder de los mercenarios, Mathos, es otro ejemplo del nivel de éxtasis al que puede llegar un pueblo: su ejecución fue pública. Al hombre simplemente lo dejaron suelto dentro de Cartago y a los habitantes se les dio vía libre a que lo golpeasen pero con no más de tres dedos y sin atacar sus ojos para que pudiese ver su propio final.

La relación con nuestros tiempos es directa, nuestras sociedades, tan evolucionadas, no dejan de someterse a otros niveles de sacrificio en pos de sostener su supremacía. ¿Qué es la militarización de Francia tras sus atentados sino? ¿Cómo se explica el retorno constante de las ideas nacionalistas y chovinistas?

“Acá estoy, tomando un solcete y después de apalear romanos, ah re”. Estatua de Aníbal Barca en el museo del Louvre.

Expansión y destrucción

Tras tremenda faena, uno de los hijos primigenios que se salvó del sacrificio, nada más y nada menos que Aníbal Barca, hijo de Amílcar, llevó a Cartago a su mayor esplendor durante la Segunda Guerra Púnica. Esta vez y gracias a su genio militar, lograron someter a la mismísima Roma, sobre todo tras la batalla de Cannas en la que derrotaron con la mitad de hombres a los romanos y sumaron a sus filas una gran cantidad de ciudades italianas. Para el fin de esta guerra, los romanos tuvieron que cambiar su estrategia y en vez de enfrentar a Aníbal en combate abierto, optaron por guerrillas para desgastar a los cartagineses. Con el transcurso del tiempo, los aliados italianos se mostraron incapaces de contener a Roma, Cartago dejó de proveer de recursos a Aníbal y éste tuvo que retirarse de Italia.

El esplendor cartaginés se desvanece en la tercer Guerra Púnica, en la que Roma llega a asediar a Cartago. Los romanos, luego de la segunda guerra, ampliaron su influencia en territorios helénicos y en la península ibérica.

Tras apoderarse de Útica al norte, el ejército romano asedió Cartago durante tres años entre 149 y 146 a.C.  Recién en la primavera del 146, los romanos lograron ingresar a una ciudad que había convertido a cada uno de sus edificios en una fortaleza y en la que todos sus habitantes estaban armados. El avance invasor fue lento, casa por casa pero concluyó en la derrota de Cartago. De los 400 mil habitantes, solo sobrevivieron 50 mil que fueron esclavizados.

Publio Cornelio Escipión Emiliano, general romano, según Polibio, quien estuvo con él durante el asedio, estalló en llanto tras ver a Cartago arrasada y recitó un verso de la Ilíada de Homero: “Un día llegará en el que Troya perezca, y Príamo y su gente será asesinada”. El propio Polibio cita cómo a Escipión este hecho le hizo recordar otras grandes ciudades de la antigüedad que perecieron brutalmente, como el imperio de Asiria, el de Macedonia y el de Persia. Casi de manera premonitoria, temía que esto le sucediese a la propia Roma.

Tras tamaña devastación, Cartago dejó de ser una ciudad independiente. Luego volvería a reconstruirse dentro del imperio bizantino, aunque también sufriría una nueva destrucción, esta vez en manos de los musulmanes. Pero esa ya es otra historia.

Ruinas de Cartago, presente.

[1] Como la Cartago original fue destruida un par de veces, son pocas las ruinas que han sobrevivido al paso del tiempo por lo que las principales fuentes de información que tenemos de ella son historiadores de la antigüedad como Polibio.

[2] Ambos nombres eran otorgados, Anibal significaba algo así como “la gracia de Ba’al” quien era el dios capanga de las religiones mesopotámicas -capanga al punto que los cristianos lo convirtieron en su satán-. Por su parte, Hamilcar significaba “hermano de Melkart”, este era un dios protector de la ciudad, una especie de transformación del propio Ba’al pero regional. Una especie de Euro Disney pero de dioses (?).

Por otro lado, Magón era un nombre común entre los púnicos, así como también lo eran “Aníbal, Amílcar o Hannón”. Por este motivo, en Salambó, Flaubert cuenta que el crucificado en Túnez fue Hannón para evitar desorientar al lector; ya que en realidad el ejecutado había sido un general de nombre Aníbal, como el hijo de Amílcar.

[3] En un claro ejemplo de la tesitura italiana, Roma recién pudo imponerse maritimamente a Cartago tras un sinnúmero de derrotas ante el rival y ante el clima. Los romanos habían desarrollado un dispositivo llamado corvus que es una especie de puente de madera que les permitía abordar barcos enemigos. El problema es que dicho dispositivo volvía inestable a la nave, se dice que se perdieron dos flotas enteras en los años 255 y 249 a.C. El perfeccionamiento de las tácticas navales romanas fue el factor fundamental para su victoria.

[4] El general Giscón intentó repartir a los mercenarios en otros territorios de influencia cartaginesa pero la aristocracia cartaginés cajoneó sus planes. Como consecuencia, el ejército mercenario se reunió casi en su totalidad a las puertas de Cartago.

[5] Un sitio web transcribió textos originales del historiador: http://penelope.uchicago.edu/Thayer/E/Roman/Texts/Polybius/home.html

[6] La batalla del Desfiladero del Hacha es testigo del genio de Amílcar quien condujo a gran parte del ejército mercenario hacia una locación geográfica en forma de desfiladero, una especie de gigantesco anfiteatro al que se ingresa por un estrecho valle. Dicha entrada fue clausurada con piedras cuando los mercenarios perseguían a un pequeño ejército de nativos que conocían el terreno. Los cautivos murieron de hambre.

 

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Allan Notlob

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